Todos y cada uno de nosotros en no aceptar que alguien o algo salga de nuestra vida.
Cuando somos nosotros quien toma la decisión, no podemos imaginar que la vida pueda continuar sin nosotros. NOS EMPEÑAMOS en desear lo peor, en no querer oír más que cosas desagradables, en recordar los malos momentos…
Si la decisión nos viene dada, todavía peor, entonces NOS EMPEÑAMOS con más ahínco en lo que describo anteriormente.
¿Por qué nos comportamos de esa manera? En cualquiera de las dos circunstancias no somos capaces de pensar que durante nuestra vida hemos cambiado muchas cosas en nuestro entorno, siempre con la intención de mejorar, en cambio en las relaciones no queremos soltar, nos aferramos, sentimos apego.
Debemos hacer el ejercicio de la generosidad. Cuando un amigo, pareja, hijo, trabajo, cualquier persona o cosa que esta vinculado con nosotros emocionalmente, decide o decidimos que debe emprender su camino, sólo debemos ser generosos con este hecho y con nosotros mismos, darle y darnos la oportunidad de crecer, sin más. No sirve de nada torturarse con pensamientos del tipo “debería haber dicho, hecho, actuado…de tal forma”, simplemente debemos dar gracias a la vida por nuestro y su cambio. Que más da si se hizo bien o mal, es pasado y el pasado nunca vuelve. Gastemos energías solo en cosas positivas y regar una planta muerta no es positivo, plantemos nuevas semillas que si lo es.
Nadie ni nada es imprescindible, esa es una realidad aplastante, ni como amigo, ni como pareja, ni un trabajo, ni nada en ninguna circunstancia. Hay personas o trabajos con más peso en nuestra vida que otras, pero imprescindible sólo lo somos nosotros para nosotros mismos. Todos conocemos a personas que han pasado experiencias durísimas en su vida (perdida de un hijo, desgracias familiares importantes, enfermedades crueles, ruina económica, por no entrar en ejemplos de guerras y dramas horrorosos) y sabemos que la vida o te mata o te hace más fuerte. Pero no más fuerte desde la hostilidad, si no desde la gratitud a la experiencia, a lo que nos ha hecho cambiar, siempre aprender y mejorar, esta es la forma de sobrevivir emocionalmente.
No sé si os he contado que hace mucho tiempo decidí no estar enfadada con la vida, es una máxima que trato de mantener constantemente y cuando veo que me desvío, vuelvo a recolocarme. De verdad que la única persona que sale ganando soy yo. No soy ni santa ni tonta, que nadie se engañe, me enfado como todo el mundo, hay situaciones que no me gustan, pero cuando la rabia aparece, vuelvo a recolocarme. El otro día leí una frase de Buda que me encantó: “Aferrarte a la ira es como agarrar un carbón caliente con la intención de tirárselo a otra persona; tu eres quien termina quemado”. Creo que es genial. Ese es el secreto, soltar la ira, recordar todo lo bueno que nos ha dado esa persona o situación y guardarlo como un gran valor, entonces solo podemos desear a quien o lo que nos la proporcionó todo lo mejor desde el corazón. No debemos temerle al cambio, es parte de la vida, todo cambia constantemente, igual que nosotros, no somos los mismos que hace una hora ni seremos los mismos dentro de una hora. Somos lo que somos, aquí y ahora. Además el cambio nos brinda innumerables posibilidades de nuevos descubrimientos.
Gracias a los que me los han proporcionado momentos felices y a la vida por darme la oportunidad de vivirlos, a las personas o cosas que permanecen en ellas y a los que han seguido su camino por perseguir sus sueños, a las nuevas gentes que vendrán y a los que se irán y si soy yo quien salgo de sus vidas, espero que me deseen lo mismo.
Ahora toca un nuevo cambio, yo te saludo: ¡Bienvenido a mi vida!

